La arcilla de la vida

Son reveladoras las palabras con que Thomas Wolfe inicia en su dedicatoria El ángel que nos mira:

“Entonces, al estar toda mi alma glorificada en ti (pues sólo en ti comprendo y crezco y veo), las vigas de mi cuerpo, huesos que contigo están aún, el músculo y la vena que cubren esta casa, volverán”.

Solo en ti comprendo y crezco y veo. Así es.

Han numerosas las alusiones al carácter autobiográfico de esta obra, al estilo de David Copperfield o Guerra y paz, y  a la prodigiosa capacidad nemotécnica y fotográfica del escritor estadounidense. Ofrecemos un fragmento:

De la advertencia al lector:
“Éste es un primer libro, y en él ha escrito el autor sobre experiencias ahora lejanas y perdidas, pero que antaño fueron parte del tejido de su vida. Por consiguiente, si algún lector dijere que el libro es “autobiográfico”, el autor no podría contestarle; a su entender, toda obra seria de ficción es autobiográfica, y así, por ejemplo, no es fácil imaginar una obra más autobiográfica que Los viajes de Gulliver.
[…]
Pero nosotros somos la suma de todos los momentos de nuestras vidas; todo lo nuestro está en ellos: no podemos eludirlo ni ocultarlo. Si el escritor ha empleado la arcilla de la vida para crear su libro, no ha hecho más que emplear lo que todos los hombres deben usar, lo que nadie puede dejar de usar. Ficción no es realidad, pero la ficción es una realidad seleccionada y asimilada, la ficción es una realidad ordenada y provista de un designio”.

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