Sobre la historia natural de la destrucción

W. G. SEBALD, Sobre la historia natural de la destrucción. Trad. Miguel Sáenz. Barcelona: Anagrama, 2003

sebaldUna reflexión sobre el modo en que la memoria, ya sea individual o colectiva, se ocupa de experiencias que traspasan los límites soportables del horror y sobre las causas por las que los escritores alemanes no querían o no podían describir la destrucción de las ciudades alemanas (2003, 86-87):

Si se dejan de lado reminiscencias familiares, intentos episódicos de hacer literatura y lo recogido en libros de recuerdos como los de Heck y Heinroth, sólo se puede hablar de un continuo evitar o eludir el tema. (101)

Como él mismo cuenta en Sobre la historia natural de la destrucción, Sebald pasó su infancia y juventud en Wertach, en una comarca septentrional de los Alpes, en una zona de abundantes campos en medio de ríos y pastos de montaña, en gran medida al margen de las operaciones bélicas que se realizaron durante la guerra. A pesar de que contaba un año de edad cuando terminó la II Guerra Mundial, lo que le impidió guardar impresiones reales de los sucesos acaecidos, siempre tuvo la impresión cada vez que veía fotografías o documentales de la guerra, de tener en ella sus orígenes “como si, desde aquellos horrores que viví, cayese sobre mí una sombra de la nunca he salido” (2003, 79). Son estas imágenes, y no las idílicas de su primera infancia las que permanecen indelebles en su memoria y evocan la imagen de patria.
Los recuerdos primeros de su casa de Seefeld evocan las nubes de humo en el aire sobre las ruinas de su ciudad:

Hoy sé que entonces, cuando estaba en el balcón de la casa de Seefeld, echado en el llamado moisés y miraba parpadeando el cielo blanquiazul, por toda Europa había nubes de humo en el aire, sobre los campos de batalla de la retaguardia en el Este y el Oeste, sobre las ruinas de las ciudades alemanas y sobre los campos de concentración donde se quemaba a los innumerables de Berlín y Frankfurt, de Wuppertal y Viena, de Würzburg y Kissingen, de Hilversum y la Haya, Naumur y Thionville, Lyon y Burdeos, Cracova y Lodz, Szeged y Sarajevo, Salónica y Rodas, Ferrara y Venecia…, apenas un lugar de Europa desde el que no se deportara a alguien a la muerte… (79-80)

Su padre, antes de casarse, fue en Bamberg sargento de automóviles en el regimiento de caballería.

En 1952, cuando tenía ocho años de edad, su familia se trasladó a vivir a Sonthofen, una ciudad que se encontraba a diecinueve kilómetros de distancia de Wertach, sede de dos cuarteles para los cazadores de montaña y la artillería y una de las tres escuelas de élite para dirigentes que fueron creadas para la toma del poder, denominada Ordensburg, que fueron el destino de los bombardeos que recibió la ciudad los días 22 de febrero y 29 de abril de 1945; siete años más tarde, aún quedarían fijadas en su recuerdo las hileras de casas que desfilaban por las calles, interrumpidas por terrenos de ruinas que provocaron que el nombre de ciudad quedara indeleblemente vinculado a “escombreras, cortafuegos y agujeros en las ventanas por los que se podía ver el aire limpio” (2003, 82), un reflejo de los quinientos muertos en el ataque y muchos desaparecidos.

Sólo me queda comentar finalmente una carta que a mediados de junio del pasado año me llegó de Darmstadt a través de la redacción del Neue Zürcher Zeitung, la última hasta entonces sobre el tema de la guerra aérea, y que tuve que leer varias veces, porque al principio no podía dar crédito a mis ojos, ya que contiene la tesis de que los aliados, con la guerra aérea, se propusieron como objetivo cortar a los alemanes, mediante la destrucción de sus ciudades, de su herencia y sus orígenes, a fin de preparar la invasión cultural y americanización general que se produjo luego realmente en la posguerra. Esa estrategia deliberada, sigue diciendo la carta de Darmstadt, fue ideada por los judíos que vivían en el extranjero, utilizando los conocimientos especiales que, como era sabido, habían asimilado en sus andanzas, de la psique humana y de culturas y mentalidades ajenas. La carta, escrita en un tono tan resuelto como comercial, terminaba expresando la esperanza de que comunicaría a Darmstadt mi opinión profesional sobre la tesis expuesta, No sé quién es el autor, un tal Dr. H., cuál es su actividad profesional ni si está en relación con grupos o partidos de la derecha radical, ni tampoco puedo decir nada de la crucecita que añade a su firma, tanto la manuscrita como la electrónica. Salvo que las personas del tipo del Dr. H., que sospechan por todas partes maquinaciones secretas dirigidas contra los intereses vitales de los alemanes, suelen pertenecer preferentemente a alguna asociación jerarquizada. Si, por su origen burgués o pequeñoburgués no pueden pretender, como la nobleza, representar de siempre a la élite conservadora de la nación, se incluyen entre los defensores intelectuales y casi siempre autodesignados del Occidente cristiano o de la herencia nacional. (107-107).

 

Entrevista

Michael Silverblatt speaks to W.G. Sebald on Bookworm. From 6 Dec 2001. This interview was transmitted eight days before his death in a car accident.

 

 

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